Pilotando en la tempestad

Recursos Humanos y la continuidad

Autor: Enrique Torres

Las velas henchidas al viento, la brisa marina soplando de popa y por delante un océano ingente de oportunidades en medio de la mar bravía, ansiosa de espuma y de sal… Podría ser el comienzo de una novel de marineros o un “remake” del Simbad de Salgari, firmado en 2019, pero con este inicio pretendo aludir a una alegoría. El capitán que lleva ese buque, el que decide en los momentos difíciles, el que conduce el barco a puerto con independencia de que el mar esté agitado o en calma, galopando encima de las olas, tiene una responsabilidad triple, en cualquier caso: la del barco (empresa), la de sus hombres y tripulantes (empleados), y pasajeros (clientes).

En las actuales organizaciones, ya sean grandes, pequeñas o medianas, con proyección nacional o internacional nos encontramos diferentes modelos de liderazgo. Esos modelos, dependiendo del momento económico o del ciclo por el que atreviese la empresa pueden resultar más o menos eficientes o pasar más o menos desapercibidos:

- En los albores de la primera revolución industrial, no era tan importante la estructura de capital de la compañía como contar con una idea provechosa con la que poder garantizar unos razonables niveles de productividad atendiendo a mercados ya de por sí bastante ávidos de soluciones innovadoras. En este caso el líder, el dueño o el capataz era el garante de un volumen de horas de trabajo, y un volumen de productos a repartir a los compradores finales o a la línea de distribución.

- En un contexto como el de 2005 donde la bonanza era palpable, era relativamente sencillo que cualquier compañía con unos mínimos mimbres de consistencia saliera adelante, la inercia en las organizaciones podía incluso permitir el abordaje de nuevos retos ante un volumen controlado de incertidumbre. En este caso, el líder con independencia de sus cualidades como tal, era más un gestor, de forma que sus atribuciones y capacidades podían quedar escondidas.

- En los tiempos actuales, una vez “superada” la gran crisis que comenzó en 2008, donde factores como la interconexión, la digitalización, la mulinacionalidad, un confuso sentido de la inmediatez y la innovación configuran el entorno de toda corporación, los líderes que auténticamente son capaces de llevar el barco a buen puerto, requieren otras habilidades y otras capacidades.

No quiero entretenerme con las disquisiciones ya tan argumentadas en las páginas y páginas escritas dentro del género literario del “management”, pero si me gustaría dedicar una pequeña reflexión, en el contexto alegórico marítimo de este artículo, a la figura del líder.

Los líderes de verdad son capaces de remover las estructuras de una corporación, modificar su “statu quo” y llevarlas a la siguiente dimensión. Los líderes son inspiradores, remueven las conciencias de aquéllos que tienen la suerte de poder trabajar con ellos; son capaces de sacar lo mejor de sus equipos, adaptan su discurso a su interlocutor, son respetados por igual dentro de la desigual amalgama de stakeholders: inversores, proveedores, competidores y clientes.

Los líderes auténticos rezuman sencillez y despliegan grandeza, en medio del fragor de la batalla dan la cara, nunca la espalda y ganen o pierdan, asumen su responsabilidad y se multiplican en la adversidad.

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